TAL COMO HOY DE HACE 70 AÑOS
DIARIO HISTORICO DE UNA GUERRA QUE NUNCA DEBIÓ GERMINAR
La actitud política y social de la España de estos días de 1936 sigue el ímpetu arrasador de los rebufos que amenazan con tragarse la tranquilidad, ya de por sí deteriorada, de una Sociedad enquistada en posiciones de desafío y discordia constante; acontecimientos enrarecidos, acumulados unos sobre los otros cual basurero en plena descomposición, están levantado cimientos sobre los que puede alzar su imperio la acritud, y murallas insalvables la falta de entendimiento entre miembros de una misma comunidad. El enfrentamiento va tomando visos de verdad durante los primeros días de julio de 1936, perdiendo tonos la sombra amenazadora para convertirse en una luz deslumbrante y cegadora. La II República asiste con impotencia a su descomposición, vislumbra con incapacidad manifiesta cómo hasta sus límites comienzan a llegar céfiros de furia, ráfagas frenéticas tras las cuales se esconden balas anónimas buscando nombres propios a los que liquidar, pues los muertos que conquistan, aún siendo desconocidos para la Historia, son riqueza robada en primera persona para las familias que los pierden. Una vez armados los fusiles, amartillados los odios, sólo corresponde matar o morir, atacar o defenderse, triste cóctel para emborrachar las penas que se mojan con sangre. Pocas palabras que encierran la más grande tragedia, una hecatombe de maldad, el gran cataclismo de la especie humana; desnudas las más colosales ruindades del hombre, los harapos hediondos del hombre visten la vida: lo hacen con GUERRA, y la peor de todas las guerras es la que enfrenta a hermanos, y abre abismos que se llenan de cadáveres que nunca se olvidan ni deben ser olvidados, pues es la memoria quien debe restituir la infamia al lugar que le corresponde y merece para que nunca más sea llamada a una cita infernal y demoníaca. Nunca sea usado el recuerdo para generar odios y sea traído a nuestros días, setenta años después, para vestir de seda la normal convivencia de una Nación que no teme a su pasado, pues mira de cara el futuro que estamos sembrando ahora con el bagaje de nuestra Historia, restaurada con el cemento de la verdad. Sólo temen a la verdad quienes la miran de reojo, pues no la afrontan con plenitud.
Todo sucedió porque hubo suficiente negación de la Libertad por parte de quienes perdieron todo respeto a la esencia misma de la convivencia normalizada entre hombres y mujeres de distintas creencias políticas. Y cuando el respeto se ausenta, en su hueco se hacinan los bajos instintos, siendo conquistada la caverna por ellos excavada por el enfrentamiento irracional que busca imperios de dominio de unos sobre otros, resurgiendo el más ancestral de los comportamientos antropológicos: la búsqueda del poderío.
Este diario que hoy inicio no quiere ser, en modo alguno, sentencia sobre hechos o justificación sobre sucesos. Trata de poner en conocimiento de generaciones jóvenes, y menos jóvenes, una parte de nuestra historia, una etapa que nunca debe ser olvidada, pues tras el olvido se esconde un interés malicioso por la negación. Es preciso ejecutar esta transmisión de datos desde la asepsia, desde la falta de sentimientos teledirigidos por voluntades maliciosas o falsas emociones orilladas en la intolerancia, pero sin olvidar que lo sucedido durante estos años de guerra civil acarreó sufrimiento y oprobio en cantidades ingentes para unos y otros; debe ser amparado por la justicia lo primero, y restituido a la verdad de su conocimiento lo segundo.
A grandes rasgos, confluyeron en esta época hechos de especial trascendencia. Sirvieron para abonar un terreno propicio para el enfrentamiento cainita. La terquedad, que no respetaba las nuevas formas y fórmulas de actuación política, va mermando la normal convivencia, alejando de sus límites un modelo de avenencia política. Poco a poco, hechos aislados, que en circunstancias distintas no hubiesen tenido una mayor relevancia, salvo la de ser considerados como meros desencuentros o desafortunados delitos con matices políticos, se visten de gala para dejarse notar a las bravas; y no olvidemos que el color de gala que es más usado no es otro que el negro, el matiz hermanado con los ritos de enfrentamiento que siembran de dolor los corazones y de sangre las tierras, para que quien ponga sus pies sobre ellas se vista de luto; y es el negro el tono que mejor describe el duelo.
Las plazas de los pueblos, los Casinos, Casas del Pueblo… las calles compartidas, pero también las sedes políticas de diferente signo, asisten impasibles a los mítines y discursos donde la palabra toma decibelios iracundos para poner en estado de alerta a las personas. Nunca sea ignorado que tras la palabra visceral llega la acción cruenta, y esta se ofusca cuando mama de una teta de vinagre. Los discursos simulan escaleras que conducen al cielo, pero de igual modo al infierno. Sus peldaños están constituidos por sustantivos emocionados, soflamas suaves o incendiarias que acuden a la razón o convocan muerte y excavan tumbas según los atrios desde donde sean lanzadas. Una vez abiertos las sepulcros, estos se llenan de inocentes o de culpables de amar la Libertad, restos irrevocables por mor de la barbarie sobre la que los osados tratan de legalizar los pilares infames de un Poder robado a base de percutir cientos de miles, millones, de cartuchos preñados de pólvora, de metralla aniquiladora de sueños y proyectos diseñados para construir un estilo de vida tronchado a destiempo, desenraizado antes de su florecimiento.
Poco a poco, sin eludir una cita equivocada, una ráfaga de sucesos han ido asfaltando el pedregoso camino; sin embargo, las puntas afiladas de las piedras siguen creando laceraciones, hiriendo los acontecimientos sociales y políticos con los que la España de la II República labraba un nuevo camino con dirección al futuro. El destino cambió de rumbó y el presente apuntó con dirección al infierno, un recorrido que se inauguró un 17 de julio de 1936, fecha cruel señalada en la Historia por el fuego de un Golpe de Estado que cortó la cinta con la Bandera Republicana y antepuso los colores rojo y gualda para anunciar un travesía que falló en su primordial objetivo: corto recorrido, pues se prolongo durante casi tres años, sembrando los campos de España con cadáveres, y regando los pueblos y ciudades con sangre y represión, la maldad que llega tras las guerras, anunciando Victoria para hurtarle todo sentido al epíteto más maravilloso e irrenunciable: PAZ.
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